Conversando con un editor de la RDA (Sara Rosenberg)

Sara Rosenberg. Febrero 2017.

Hoy hemos estado en la librería Contrabandos –en Madrid- escuchando a un viejo editor de la RDA.

El editor de la que fue la más grande editorial del tiempo en que los libros se leían por miles y las editoriales publicaban veinte o treinta mil libros que se agotaban, baratos y accesibles a todo el mundo. Libros subvencionados por el estado, por una política de estado contraria a la mercantilización del libro.

Quiero decir –con una nostalgia para nada inactiva- que ese tiempo nos habla de sociedades que estaban pensándose a si mismas, en las que el libro no era solamente un valor de cambio -medido por cuánto se vende y gracias a la publicidad/propaganda y al sometimiento a la ideología hegemónica- sino que existía una preocupación por la calidad de la escritura y la literatura, del arte, de la ciencia, de la construcción del ser humano nuevo, que salía y debía salir rápidamente de la barbarie fascista. El tiempo urgía.

En aquella sociedad –la RDA- el libro era un valor importante para la vida de un país destruido por la guerra. Una sociedad en construcción. Con la conciencia de la construcción y la necesidad de aprender a hacer todo de otra manera, con otras relaciones sociales de producción que traerían o debían traer otra noción de cultura. Y había que hacerlo contando y comprendiendo el atroz legado de los años de nazismo y fascismo. Era la condición humana, el medio y la enfermedad que era necesario transformar.

Me hubiera encantado vivir ese tiempo. Y cuando leo a los poetas, a los escritores que estaban imaginando e inaugurando un nuevo mundo siento un gran placer y una admiración enormes. Brecht retorna a Alemania. Son internacionalistas, capaces de entender y construir un mundo desde una perspectiva diferente a las limitadas fronteras del conocimiento inmediato; nada que ver con lo que significa saciar las horas muertas de lectores aburridos y pendientes de lo que dicen en los medios de embrutecimiento de masas que ha de ser leído según la orden-marketing.

La lectura es campo de debate y de conocimiento , de construcción de un nuevo ser humano, colectivo, revolucionarios, subversivo. Pudo ser o no ser, hubo errores y aciertos, hubo que cerrar para abrir, hubo que luchar en contra de la invasión cultural de la potencia hegemónica –EUA- nacida de la segunda guerra mundial para ser decididamente una potencia en pie de guerra contra el comunismo. La llamada guerra fría fue una guerra brutal y constante.

Hubo que luchar contra el concepto de ser humano liberal, un ser humano fácil de manipular usando sus más bajos instintos- aquello que Marx llamó el reino de la necesidad- y contra el ser humano tallado por el nazismo que había sido conducido con facilidad desde el liberalismo a la complicidad y a la acción criminal contra sus semejantes. El hombre y la mujer del nazismo. Estados Unidos utilizará la experiencia de control de masas y beberá de las raíces goebelianas para organizar su poderosa empresa cultural e ideológica que terminará hegemonizando el mundo hasta nuestros días.

Claro, llegados, a este punto me dirán que hablo como comunista. Que hablo como anticolonialista, anti esclavista, antirracista, antiimperialista y será verdad. No hay en la historia otro lugar desde donde mirar lo que nos ha dejado en las manos el siglo XX y el XXI.

Inaugurar un sistema social nuevo y crear, siempre es comprometido. Se puede ganar o perder, pero la dirección debe estar clara.

¿Para qué sirve un libro? Fue la pregunta esencial y fue respondida con claridad: para ser más libres de imaginar nuestro destino.

En el encuentro se nombró a Anna Seghers, escritora comunista, exiliada, que retorna a Alemania -como Bertold Brecht- y no sólo es leída sino que es un referente en la formación de la conciencia artística y política para el nuevo tiempo.

Pregunto por la forma concreta en que penetró en la RDA la guerra fría –la guerra ideológica, la guerra contra la historia- que no sólo no ha terminado, sino que ha invadido e intoxicado a Europa y al mundo. No se entiende bien mi pregunta, hablo de dos modelos, pero se me contesta que si, que el ingles ha invadido también la lengua alemana. No se ampliar la pregunta, necesito escuchar datos concretos, cómo se articuló en base al concepto de libertad la esclavitud más atroz, la que perdura. Como se usó y se invirtió el concepto de totalitarismo, tanto como para no darnos cuenta de que hoy vivimos bajo el totalitarismo del capital, mientras repetimos clónicamente el discurso impuesto desde la guerra fría.

Pregunto por la situación de nuestra propia cultura latinoamericana, centrándome en el tema de Cuba, donde la lucha por el lenguaje y los sentidos están en un momento álgido. Cuba es sin duda sinónimo de resistencia al modelo norteamericano que se impuso después de la segunda guerra mundial. Cuba representa para los latinoamericanos –todavía en una fase anterior de lucha contra el colonialismo y el imperialismo- una luz en este difícil horizonte. En Cuba el libro y la educación, la cultura revolucionaria sigue siendo vanguardia y abriendo brecha hacia el Hombre Nuevo. (1)

Y si, es difícil, porque la sociedad de consumo no sólo impone el esclavismo en el territorio económico y social, sino que a través del consumo dirige –y crea- los deseos más primarios y destructivos del ser humano. Mercantiliza el deseo como mercantiliza y cosifica nuestras relaciones sociales.

Es la felicidad de pacotilla que el capitalismo ofrece mientras desuella y roba todo rasgo humano: el esclavo no es humano o no debe serlo, es un consumidor. Y se mide por el lleno de un supermercado atestado de productos que no necesitamos y que demás son perniciosos para la salud y el alma. Llenar el carro y medir la “felicidad” con ese metro es criminal en varios sentidos. El carro que se llena de comida basura implica la esclavitud de millones de seres humanos condenados al mas atroz esclavismo. Las luces confunden la necesidad con el placer y ese mismo placer es perverso. Cómplice de una manera de entender lo humano como pura actividad de consumo, individualista, enferma, repetitiva, adicta, atrapada en necesidades creadas por un inmenso aparato publicitario que mide y pesa a la bestia para seguir explotándola.

Y no voy a ponerme espesa hablando de espiritualidad. No. Simplemente quiero analizar los modos de penetración de la infelicidad que el sistema capitalista propicia. Tanto lo ha propiciado que hoy nos resulta difícil cambiar de medida. Imaginar otro modelo.

Medir por ejemplo los resultados de un sistema por la capacidad cultural de un pueblo. Por el desarrollo de las ciencias y la medicina, por la buena salud de las mayorías, por la riqueza del lenguaje, de la música, de la literatura, por el buen vivir de la gente, por la alfabetización de las mayorías y el desarrollo intelectual, por la capacidad de ser críticos y de pensar, por la sensibilidad que se desarrolla en la relación con el otro, mi semejante.

Estas cosas parecen no tener medida, porque el sistema imperante de medida se impuso en bárbaras sesiones de terapia de shock para las masas apelando siempre a los mismos recursos: el estómago y el sexo. Dos necesidades primarias que debían demostrar permanentemente el triunfo de ese estrecho concepto de lo humano y de esa especie de virus enmascarado a la que se llamó libertad. Libertad para trabajar y consumir. La única medida con que hoy la perversa propaganda sigue bombardeándonos.

Subyace en esta medida una ontología de lo humano. Ya Bernays (2) la enunció cuando desarrolló todas las técnicas de propaganda y control mental asimiladas de Goebels. Curiosamente Bernays, sobrino de Freud, utilizará perfectamente el reino de la necesidad –una versión particular del inconsciente- para expandir la necesidad humana de satisfacción y llevarla hasta sus últimas consecuencias. Mentir a conciencia y con el arte necesario para consolidar lo que el poder necesita: cierto consenso para explotar a las mayorías. También Etienne de la Boetie (3), desde la perspectiva contraria y en el siglo XVI, hablaba de la servidumbre voluntaria y se preguntaba cómo era posible que los siervos estuvieran tan ciegos como para someterse sin luchar, cómo y por qué consensuaban su propia esclavitud.

Cómo se mide un pan bien hecho y un pan mal hecho, cuando –según las leyes monopólicas y de la máxima ganancia- se decidió que había que producir mal pan y hundir al pan que producían los artesanos panaderos, que nos alimentaba además de gustarnos. ¿Cómo medir exactamente cómo se murió el buen hacer en función del hacer mucho y mal para ganar y acumular cada vez más? Las montañas de desechos en los mares y la tierra ocultan una posible respuesta.

He de tener, acumular, durar, robar, negociar, aceptar, olvidar, competir y destruir.

Los llamo verbos intransitivos.

Hay verbos transitivos, verbos capaces de dar vuelta al sistema. Nos toca conjugarlos.

Otras preguntas tratan el tema de manera arqueológica. Adónde está el fondo. Adónde se pueden encontrar los restos del naufragio. Los pecios.

No fuimos lo suficientemente fuertes para detener al fascismo en sus aspectos más sutiles: en su compromiso profundo con la muerte. Y las luces cegadoras de occidente sirvieron para opacar la cultura comunista, la cultura que -aún reconociendo todos los errores del camino- es la única cultura en marcha, porque de otra manera, con la depredación capitalista, el mundo no podrá existir a menos que aceptemos o se imponga la esclavitud absoluta: el fascismo en su versión 2.0.


  1. Ruego que entiendan el concepto y no me repliquen con gramáticas absurdas.

  2. Edward Bernays . Publicista, periodista e inventor de la teoría de la propaganda y las relaciones públicas. Judío de nacionalidad austríaca, fue sobrino de Sigmund Freud del cual usó concepciones sobre el Inconsciente en Norteamérica para la persuasión del self en el ámbito publicitario masivo. Propaganda, su libro más célebre, fue publicado en 1928. (Wikipedia)

  3. Etienne de la Boetie. A los 18 años escribió Discours de la servitude volontaire ou le Contr’un («Discurso sobre la servidumbre voluntaria o el Contra uno»), en 1548 no siendo publicado hasta 1572, por su mejor amigo Michel de Montaigne. El texto, si bien fue escrito en 1548 y pasó de mano en mano por ciertos sectores ligados a la política por filósofos y escritores de renombre, no fue publicado hasta 25 años después de haber sido escrito por su autor. (Wikipedia)

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