¿Qué es lo más importante: los derechos humanos o los derechos de los gobiernos occidentales?

Hafsa Kara-Mustapha *

(Publicado originalmente en inglés en Russia Today, el 18 de febrero de 2016): https://www.rt.com/op-edge/332877-human-rights-watch-soros/

Parecía impensable que, después de la tragedia de Irak y el caos que siguió a la guerra que desencadenó Estados Unidos en 2003, pudiera esperarse algún apoyo a otro ataque a un país árabe.

Y apenas ocho años después de la invasión de Irak, la opinión pública internacional, casi unánimemente, apoyaba las operaciones de la OTAN en Libia. Convenientemente calificada como zona de exclusión aérea en su inicio, la idea era combatir contra Muammar el Gadaffi y expulsarle de la presidencia, como había sucedido antes con Saddam Hussein.

La escalada desde el mero impedir el vuelo de los aviones libios hasta acciones de bombardeo no habría sido aceptable para un público crecientemente escéptico sin el muy necesario apoyo de la industria de los derechos humanos.

Este próspero sector trabaja con la fácilmente vendible mercancía de la humanidad. La clave está en que algunas organizaciones radicadas en las capitales occidentales poseen un imperativo moral que les da derecho a decidir qué es humanidad y cómo esta debiera ser dispensada.

Su respetabilidad derivaría de su rectitud, objetividad y compromiso con la justicia. Por supuesto, eso es en un principio; en realidad, sus objetivos están marcados por aquellos que les financian y les permiten operar. En el caso de Human Rights Watch (HRW), una de las ONGs más prominentes hoy día, su conexión con el gobierno de los Estados Unidos era tan estrecha que varios investigadores y académicos firmaron en 2014 una carta criticando la política de puertas giratorias o los estrechos lazos de su director ejecutivo con el Departamento de Estado.

Tal relación es tan amistosa que mientras muchos activistas de base han denunciado a los Estados Unidos por la brutalidad de su policía o el número desproporcionado de víctimas de raza negra, así como por el número de reclusos en prisión preventiva, se plantea la pregunta de por qué una organización dedicada a trasladar sus valores a numerosos gobiernos de todo el mundo parece tan ciega a los abusos cometidos en su propia casa.

La respuesta está en que HRW, considerada hoy como una de las dos principales organizaciones de derechos humanos, junto con Amnistía Internacional, únicamente contempla los errores cometidos por países cuya política desaprueban los Estados Unidos.

HRW mantiene una agenda intervencionista y, como resultado, apoya casi todas las guerras emprendidas por los Estados Unidos bajo la cobertura de la responsabilidad humanitaria, aún cuando las consecuencias de tales operaciones militares concluyen siempre con un sufrimiento humano creciente.

En el caso del conflicto de Siria, Ken Roth, que siguió al frente de HRW bastante más tiempo de lo que por lo general un presidente árabe permanece en el poder, estuvo insistiendo en la hoy desacreditada historia del uso de las armas químicas contra los civiles de Ghouta por parte de las fuerzas de Assad. Sus declaraciones públicas llegaron incluso a contradecir informes de investigaciones sobre el terreno de Naciones Unidas, en un terco intento de agitar lo que él calificaba como responsabilidad de proteger.

Sin embargo, esa responsabilidad es con frecuencia ejercida a través de operaciones de bombardeo.

La convicción en los Estados Unidos es que una respuesta occidental es siempre mejor y que, al fin y al cabo, solo los occidentales “saben mejor” (lo que hay que hacer).

A pesar de que cuenta con “divisiones” para cada región del mundo (África, Oriente Medio, etc.), el equipo humano de esas secciones es casi exclusivamente americano, únicamente con algunos investigadores locales asignados a puestos subalternos o de nivel medio. Con toda la competencia intelectual de tan diversa procedencia con la que cuenta sería razonable esperar que una organización de tal proyección internacional tuviera entre sus directivos a un equipo de procedencias más diversas, lo que está lejos de suceder hoy en día.

Cuando incluso su principal donante, el multimillonario George Soros, argumenta que HRW “tiene que ser más efectivo y ser vista como una organización más internacional, menos americana”, es que hay algo que no va bien.

Pero cuando Soros hace una generosa donación de 100 millones de dólares a un ente así con conocidas relaciones con el gobierno de los Estados Unidos, ¿qué es lo que espera a cambio?

En estos tiempos de guerra e inestabilidad climática, alimentar a los hambrientos y procurar la salud de los enfermos debería ser prioritario antes que ofrecer una enorme suma de dinero a una organización que ya cuenta con un amplio presupuesto de unos 50 millones de dólares al año.

George Soros no es un hombre corriente: es uno de los financieros más ricos del planeta que no oculta hacia dónde se dirigen sus políticas. A principios de febrero escribió en el británico Guardian que el Presidente ruso Putin era una de las mayores amenazas para Europa.

Aún cuando aparenta ser crítico con ambos bandos en la tensión Ucrania-Rusia, HRW sigue pintando a Rusia como una brutal dictadura que no admite el disenso, reforzando la percepción, profundamente arraigada en la mayoría de occidente, de que Rusia constituye una amenaza capital para Europa; otro punto de vista parcial que concuerda con la política de los Estados Unidos y que no es compartida internacionalmente, donde Rusia goza de mucho mayor apoyo que en Europa y Norte América.

Una interesante nominación fue la de Tom Malinowski en 2001. Era el Director del National Security Council en la Casa Blanca, antes de ser nombrado Director en Washington de Human Rights Watch. Una vez abandonó HRW, volvió a un puesto del gobierno, en donde ahora trabaja como Secretario Asistente del Bureau for Democracy, del Departamento de Estado.

Debido a estos estrechos lazos con la administración de los EEUU, además de unos donantes con agendas muy reveladoras, HRW ha visto desvanecerse su credibilidad.

Organizaciones mucho más comedidas, tales como Amnistía Internacional, trabajan mucho mejor, debido en gran parte a una política astuta.

Evitando todos los escollos en los que ha tropezado HRW, en los últimos años AI ha sido el rostro respetable de la hoy desacreditada industria de los derechos humanos; y aún así, su apoyo a unas guerras evitables ha sido igual de grave, si no peor.

Con su presencia en los primeros momentos de las revueltas libias, los equipos de AI pudieron observar la ausencia de las supuestas masacres de las que se hacían eco todos los medios occidentales.

Empeñados en vender una guerra a audiencias occidentales como algo necesario, algunos rebeldes anduvieron seduciendo a los equipos occidentales con historias acerca de diez mil manifestantes ejecutados, que en cuestión de días se supo eran falsas.

AI ya había emitido comunicados con titulares que apuntaban casi exclusivamente a los ataques de las fuerzas del gobierno, antes de aclarar, algunos párrafos más abajo, que ambos bandos estaban cometiendo atrocidades.

Unos titulares llamativos bastaron para potenciar el casus belli, y los analistas y observadores, incapaces de cuestionar los motivos ocultos tras tales titulares, se verían después impedidos para denunciar las descripciones tan mendaces que se hicieron del conflicto, conflicto que dejaría a Libia como un estado fallido en manos de varios grupos terroristas.

Como sucede con la mayoría de las ONGs, si no en todas, AI se centra casi exclusivamente en las violaciones de los derechos humanos cometidos en países del tercer mundo, dando así la impresión de que tales violaciones solo ocurren fuera de occidente. Mientras que sus miembros desarrollan continuas compañas para que líderes africanos sean entregados al Tribunal de la Haya y se enfrenten a procesos por crímenes de guerra, todavía se está a la espera de un pronunciamiento público sobre el papel del antiguo primer ministro británico en la guerra de Iraq, a pesar de que el Reno Unido es signatario de la Corte Penal Internacional.

Así pues, se ha buscado un cómodo atajo consistente en denunciar las políticas gubernamentales al tiempo que se recurre a las organizaciones de derechos humanos como fuentes de un sentido moral, aunque siempre de acuerdo con la opinión occidental. Aún cuando algunos de sus trabajos sean encomiables, da la sensación de que la estrecha relación que existe entre esos trabajos y la autoridad occidental revela una agenda siniestra para simplemente edulcorar los horrores de la guerra. Los derechos humanos deberían servir para asegurar a las personas una vida digna y a salvo de la violencia innecesaria. Lo que la industria de los derechos humanos ha conseguido es una nueva narrativa: “si mueres como resultado de una bomba occidental”, entonces es que has sido “responsablemente protegido”.

 

*  Hafsa Khara Mustafá es periodista, analista política y comentarista, especializada en Medio Oriente y África. Ha trabajado para el Grupo FT y Reuters y sus trabajos han sido publicados en Middle East magazine, Jane’s Foreign report, El Watan y otras publicaciones internacionales. Siendo una autoridad en radio y televisión, a Hafsa se la puede encontrar habitualmente en Russia Today y en Press TV.

(Traducido por Manuel Pardo y Alistair Ross, para el Foro Contra la Guerra Imperialista y la OTAN)

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