Manifiesto de GALIZA CONTRA A GUERRA IMPERIALISTA

(Remitido por la organización el 23 de enero de 2016)

Toda guerra es repugnante. Nuestras sociedades modernas, conscientes del horror y la barbarie que suelen acompañar a los conflictos bélicos, han desarrollado herramientas y espacios cuya finalidad teórica es la de evitar empuñar las armas para la resolución de las disputas entre Estados o entre individuos. Las guerras generan sufrimiento y miseria, dejan tras de sí millares de muertos, ciudades destruidas y países arrasados que, normalmente, necesitan décadas para reponerse del conflicto e intentar cerrar las heridas que este abre. Afirmamos, sin miedo a equivocarnos, que cualquier guerra es un fracaso de la civilización en sí misma.

Pero si la guerra es reprobable, mucho más lo es aquella que se entabla por motivos económicos, al dictado de los intereses de una serie de países que, al entrar su modelo productivo en una profunda crisis por la depauperación de sus clases medias y bajas, encuentran en la invasión de terceros países una forma de mantener en funcionamiento la maquinaria económica que asegura sus posiciones privilegiadas en el escenario geopolítico global. A estas guerras las denominamos guerras imperialistas.

Este tipo de conflicto, perverso como pocos, enmascara tras la noble fachada de la expansión de la democracia y la liberación del yugo yihadista o totalitario, unos objetivos bastante más siniestros y alejados de cualquier nobleza. La lucha por el control de las reservas mundiales de petróleo, la conquista de puntos estratégicos del planeta desde los que facilitar la expansión de los imperios o la consecución de los lucrativos contratos de reconstrucción en los países que ya han sido devastados son algunos ejemplos de las verdaderas motivaciones de este tipo de pugna. Como ejemplos, baste citar Irak, Afganistán, Libia o, en los últimos meses, Siria.

No son los únicos. Resulta paradigmático el ejemplo serbio en la antigua Yugoslavia, ya que el balance de daños sufridos por este país durante la Guerra de los Balcanes arrojó un curioso resultado: mientras que la mayor parte de los daños materiales y personales se centraron en las infraestructuras civiles, los daños en las dotaciones militares del país fueron mínimos. No es, desde luego, casualidad. Recordemos, sin ir más lejos, las grandes empresas españolas que se encargaron de la reconstrucción de Irak tras la campaña que siguió a los atentados del 11-S. Sin duda, el capital siempre encuentra la forma de asegurarse las ganancias, creándola si es necesario.

Es aquí donde juega un papel fundamental la OTAN, una supuesta alianza defensiva nacida en los años de la Guerra Fría y que, sin embargo, ha sobrevivido mucho tiempo después de la derrota del Bloque del Este, mutando sus funciones en una suerte de brazo armado de la policía del mundo –EE.UU. – que es, en verdad, una perfecta maquinaria imperialista que despliega con eficacia sus armas políticas, militares y propagandísticas siempre que así lo estiman conveniente sus 28 países miembros y, más concretamente, el estado americano.

La OTAN ha estado detrás de auténticos golpes de estado contra países democráticos. Cabe recordar su apoyo a las dictaduras de Salazar en Portugal o los coroneles en Turquía, la creación del GLADIO en Italia o el interés del dictador Francisco Franco por incorporar a España a esta organización. Algo no encaja en una organización que coloca o entabla amistad con dictadores bajo el pretexto de la defensa de la libertad. Su maquinaria propagandística, en cambio, es inexorable y su “paraguas” otorga una suerte de legitimidad a algunas de las mayores atrocidades que se han cometido en las últimas décadas. La OTAN promueve la guerra para el saqueo y busca debilitar a los estados fuertes que pueden oponérsele en sus planes de control. Desde esta plataforma, no pararemos de denunciar que la OTAN es una organización ILEGAL, ILEGÍTIMA Y ASESINA.

El último ejemplo de guerra imperialista amparada por la OTAN lo encontramos en Siria, donde no se ha producido una intervención militar directa, sino que se ha buscado debilitar al régimen de Al-Assad mediante el apoyo a grupos armados locales, usados como peones para la desestabilización del país.

Como ya ocurriera en Afganistán, esos grupos armados acaban volviéndose contra los países que les prestaron su apoyo en origen y llevan a cabo atentados en el interior de los mismos. Dichos atentados, a su vez, generan una sensación de pánico y shock en el conjunto de la ciudadanía, construyendo un consenso generalizado que, de manera más o menos pasiva, legitima las represalias contra los países de origen de los terroristas. Estos países, en muchos casos, no tienen relación alguna con los grupos que han cometido los atentados, o incluso luchan abiertamente contra ellos, pero este contrasentido nunca alcanza a la opinión pública, que sólo recibe informaciones tendenciosas y manipuladas para mantener la charada de la legitimidad.

No quisiéramos terminar este manifiesto sin hacer referencia a los refugiados, a esas personas que tienen que huir de sus países porque las guerras imperialistas en ellos emprendidas los han convertido en lugares terribles e inhóspitos, donde el miedo es el compañero de viaje cada mañana al ir al trabajo y la muerte puede acechar en cualquier esquina, bien en la forma de un atentado suicida o en la cabeza de un misil lanzado desde centenares de kilómetros de distancia.

Flujos infinitos de seres humanos que huyen de sus casas buscando dejar atrás ese pánico, esa destrucción, esa violencia estructural en que se ha convertido su día a día. Personas que abandonan todo lo que conocen para embarcarse en una travesía de la que quizá no alcancen a ver el final y en la que mafias organizadas e individuos sin escrúpulos los desangrarán hasta el tuétano a cambio de un billete en una barca de goma recauchutada con la que intentar llegar a la Europa de los pueblos, las luces y la cultura.

Pero esa Europa ya no existe y centenares de personas mueren cada día persiguiendo una ilusión. Aquellas que consiguen llegar se encuentran alambradas, concertinas y policías dispuestos a defender su territorio contra esa “invasión”. Y así, los que consiguen sobrevivir a la travesía se encuentran recluidos en cárceles para inocentes llamadas CIEs, que siempre será un nombre mucho más comercial. Su único delito será haber nacido en el país equivocado, uno de esos que tuvieron la desgracia de resultar útiles o rentables para algún país del llamado primer mundo.

Por todo lo expuesto, los movimientos sociales, el sindicalismo de clase, la juventud rebelde, el movimiento feminista, la gente de la cultura y los y las intelectuales, todos hombres y mujeres que no estamos dispuestos a comulgar y avalar este sistema, no podemos quedarnos cruzados de brazos. Es una obligación ineludible plantarnos y movilizarnos contra la guerra imperialista y, con ello en mente, creamos este colectivo.

Bienvenidas a Galicia contra la Guerra Imperialista.

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